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De visita en la última casa. PDF Imprimir E-mail
“Llegué a las tumbas  de los años 70

Eran las 7:55  de la mañana del sábado 14 de noviembre, estaba esperando a los futuros comunicadores y colegas del periódico, para iniciar la visita al cementerio San Pedro. Al ver que no llegaban dirigí la mirada a un lugar donde sentarme, vi una cafetería con estilo de cantina, sillas rojas, espejos, mostradores de comida, con buñuelos, empanadas, papas rellenas  y una cafetera plateada que echaba vapor, en la barra sillas altas y una decoración total de licor. Me senté, pedí un tinto y desde la entrada miraba a ver si de pronto llegaba alguien conocido para conversar.

Mientras saboreaba el delicioso café   veía pasar caras de dolor, angustia  tristeza y melancolía. En el instante pensaba en qué pariente cercano se les había muerto y recordaba amigos y familiares  que  en paz descansan.

Mientras meditaba volví a mirar la puerta del cementerio, pero nadie se veía llegar, sin darme cuenta pasaron 40 minutos y nunca un tinto me había durado tanto.

Pensando que la salida de campo al cementerio se había cancelado y  que había perdido la madrugada.  Llamé al mesero, pedí la cuenta, le pagué, le agradecí  y me fui a dar una vuelta  a ver si de pronto
“Los mensajes de las tumbas estaban llenos de vida, paradójicamente en la conciencia de muchos vivos todavía existían esos muertos”.

 me encontraba con alguien.  Sin pasar la acera  que separa la calle del cementerio, el parque y la cafetería veía que se aproximaban en todas las direcciones miradas que iban hacia mí, llegaban  como palomas en el atrio de iglesia cuando les echan maíz. Eran las personas que estaba esperando.

Nos saludamos, tomaron tintos y gaseosas, hablamos del día anterior, pagaron y nos fuimos para el cementerio. 

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“No coma cuento, no coma carne”. PDF Imprimir E-mail
“Yo no sé para qué protestan en contra de las corridas, si de todas maneras comen carne”.
La semana pasada, mientras viajaba en el metro, dos personas hablaban de la cultura taurina y de las protestas realizadas por algunos grupos en contra de las corridas de toros, corridas con las que yo no estoy de acuerdo, pero aún así no protesto. Yo no era parte de la conversación, pero cuando uno de los jóvenes dijo: “Yo no sé para qué protestan en contra de las corridas, si de todas maneras comen carne”, se me antojó ser parte del grupo, no lo hice porque la próxima estación a la que llegaría el tren, era la de mi destino.
 La frase me dejó inquieto, no tanto por la implícita contradicción que tiene protestar contra la muerte de un animal, sea cual sea el método, y luego llenarse la boca con la carne de éste, sino por saber que es lo que hay detrás de ese hábito aparentemente inocente de comer carne, y lo que me encontré, luego de investigar, resultó ser mucho más cruel que la lenta muerte del animal caído en faena. El consumo de carne en el mundo, aunque no parezca, es uno de los principales problemas para el medio ambiente, para la humanidad y para la salud. Más de la mitad del agua consumida en el mundo se emplea en la ganadería y regando tierras para obtener alimentos para el ganado. Mientras que para producir un kilo de carne son necesarios más de 20 mil litros de agua, para un kilo de trigo sólo hacen falta 227 litros y para un kilo de arroz 454 litros.Apenas me puedo hacer una idea de cuánto cereal se podría producir a nivel mundial si toda el agua invertida en el sector cárnico, se invirtiera en el agricultor. Seguro la cifra de personas que padecen de hambruna en el mundo no sería tan alta (800 millones). La producción de carne es causa de la masiva deforestación de las selvas tropicales y de su posterior conversión en desiertos. 300 mil Km. cuadrados de selva son destruidos cada año como consecuencia de la necesidad de pastos para ganado.    
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Una real vida de perros. PDF Imprimir E-mail
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Las peleas de perros están prohibidas en Colombia, pero las apuestas y las prácticas con este tipo de animales se practican de forma clandestina en varios lugares de Medellín.

Las peleas de perros han tomado fuerza en los últimos meses debido a la jugosa ganancia de dinero que puede dejar el perro victorioso. Gran número de espectadores se reúnen cada noche para presenciar cómo estos animales “se arrancan los dientes”. La idea es ganar dinero fácil pero el precio lo pagan los perros.Yeisson Pérez es el “perrero” principal y por ese apodo lo conoce todo el barrio Aranjuez, pues tiene un criadero de estos animales que, según los que saben, son los más hermosos y los de mejor raza. Se trata de un hombre que desde pequeño ha tenido que sufrir mucho ya que nunca tuvo una buena educación y porque sus padres murieron cuando éste aún era muy joven. Aunque es un tipo muy amigable y colaborador, Yeisson tiene un mal recuerdo que quisiera olvidar de por vida.Data del 13 de agosto de 1995, cuando el “perrero” cumplía 15 años y sus padres le regalaron un perro Bull Terrier; de la misma raza que había deseado desde que era un pequeño. La felicidad de éste era tanta que no recordó que ese mismo día sus padres viajaban a Cartagena a realizar unos negocios laborales. Él estaba contento con su mascota y aceptó no ir con sus papás y quedarse en la casa con su perro.El paseo se extendió más de la cuenta y por ocho días no tuvo noticias de sus padres. Después de que una hermana lo llevara a la casa de unos tíos en Aranjuez, mientras aparecían, Yeisson se enteró de que su papá y su mamá se habían muerto en el viaje. Desde entonces estuvo en la casa de sus tíos hasta cuando fue mayor de edad.Aunque hizo su vida solo, su mascota, el único recuerdo que le quedaba de sus padres, siguió a su lado hasta que ajustó los 20 años. Un día mientras paseaba a su canino, observó que en una de las calles aledañas a su hogar estaban poniendo a pelear a perros por dinero, se acercó con cuidado para que su perro no se entrometiera en la pelea, y descubrió un posible futuro para sus necesidades económicas; pues la independencia le había traído el hambre.Días después regresó al sector en donde había visto el espectáculo canino y habló con uno de los dueños de los perros para organizar una pelea.  La peleaYeisson no quería que su mascota se muriera en una riña callejera, pero no quería aguantar más hambre. Él mismo cuenta que tuvo que “hablar” con su perro y explicarle lo que estaba sucediendo. “Manco”, como se llamaba su mascota, “aceptó” la pelea y se preparó para lo que sería su primera disputa en sus casi seis años de vida.“Se llegó el gran día”, le decía Yeisson a su perro. Era de noche y en el barrio Aranjuez se vivía una pelea sangrienta entre dos animales de raza fina, dos Bull Terrier se peleaban para ver cuál de los dos quedaría vivo y cuál perdería la vida. “Manco” salió victorioso para fortuna de Yeisson quien de inmediato saltó a abrazarlo y a cobrar la suma de dos millones de pesos que había ganado. Fernando Vásquez, alias “Fercho”, quien perdió su plata y su perro le extendió la mano felicitándolo por su gran logro y le invitó a volver por allí más a menudo.Yeisson estaba muy contento, pero al ver el rostro de su canino todo herido, lleno de sangre y maltratado optó por no volver a aparecerse por allí nunca más y decidió buscar trabajo en lo que primero le resultara.El rebusqueAlgunos días después de la pelea consiguió trabajo en un restaurante de comidas rápidas, en donde ganaba el mínimo que les daba para comer él y su mascota y para pagar el alquiler de su hogar. Para no gastar plata en pasajes, resolvió irse a pie con su perro todos los días mientras que ahorraba para conseguirse una moto y así poder transportarse; pero un día cuando se dirigía para su casa con “Manco” fue asaltado y golpeado por unos hombres que le robaron todo el pago de la quincena y lo amenazaron con quitarle la vida si volvía a pasar por allí.A los dos meses de ese accidente con aquellos tipos Yeisson ya había conseguido suficiente dinero para comprarse la moto y no aparecer por aquel lugar nunca más, y así fue, a la mañana del 5 de agosto del 2003 éste se apareció en el barrio con una sofisticada motocicleta para darse el gusto de manejar hacia el trabajo.A los cinco meses de Yeisson conseguirse la moto, fue atracado nuevamente al frente de su casa, pero esta vez sería completamente diferente.

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Un transplante que se demoró 16 años en llegar -Por: Elkin Foronda- PDF Imprimir E-mail
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El 18 de julio de 1992 comenzó el calvario que marcaría el desenlace de los días de Milton Castro Mona a quien cariñosamente le decían el niño Milton. Aquél día un disparo de revólver le perforó el hígado, los doctores que lograron salvarle la vida en aquel entonces quedaron asombrados de la fortaleza del paciente. 

Era un sábado y el golpe ya estaba planeado en los alrededores de la plaza minorista, llegaron al lugar con una escopeta doble cañón. Él y Bayron, dos jóvenes que apenas comenzaban su vida delictiva decidieron asaltar un negocio aquella mañana, pero  las cosas no salieron como pensaban; el tendero les salió adelante y el tiro impactó el estómago de Milton, quien se desplomó por el dolor de la herida. Al hospital llegó moribundo y desangrándose en medio de quejidos. 

Tenía 18 años de edad y cursaba el grado once de bachillerato cuando le ocurrió el accidente que más adelante lo llevaría a la tumba.

Pero desde muy niño se dedicó a robar y a consumir droga, comenzó atracando buses y taxistas, algunas veces se desplazaba al centro de la ciudad y al que lograba lo despojaba de las pertenencias, las cuales empeñaba o vendía "después de coronar", como decía, para irse de fiesta con los amigos.

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