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Relatos no Contados
Con las venas manchadas PDF Imprimir E-mail
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Al salir de la drogadicción jamás pensé escribir una historia acerca de este tema que estuviera tan cercana a mí, y no sé si a la persona que me acompaña en esta historia le hubiera gustado que yo escribiera sobre él y nuestro problema. Si él estuviera vivo, y fuera de las drogas, y yo le preguntara si no tendría problema en escribir del pasado no sé cual hubiera sido su respuesta, porque no recuerdo en ningún momento haberlo visto sobrio. Si le preguntara lo mismo bajo el efecto de la droga seguramente hubiera recibido un sí por respuesta, porque con droga en la cabeza cualquier propuesta es como darle de beber a un sediento. 

Yo sé que las drogas son un tema que se ha tratado muchas veces, y por eso mi reto no es persuadir a nadie, esté en las drogas o no, de lo perjudicial de esta joda, sino poder reponerme del pasado contando esta historia que muy pocas personas conocen. Felipe y yo nos conocimos en el año 2004, al momento de conocernos solo teníamos algo en común y era el gusto por la música, pues él era cantante de una banda que no recuerdo su nombre y yo por eso tiempo tocaba la batería en una banda llamada Smoke. Stravaganza fue el lugar donde nos vimos por primera vez, es una sala de ensayo ubicada en Laureles. Recuerdo que Smoke  estaba esperando su turno para entrar a ensayar, yo me mostraba siempre ansioso antes de un toque en ensayo o en vivo, y esa ansiedad del momento fue irrumpida por uno de los que estaban en la sala al abrir la puerta de la habitación dirigirse hacia mi, tomar mis baquetas y decirme:-        ¡Parce, ya te las devuelvo que a este man se le quebró una! Se las entregué y me preocupé por el trato que el baterista podría darles, afortunadamente solo alcanzaron a tocar una canción más. Cuando nosotros entramos a la sala de ensayo, ya con las baquetas en mis manos, jamás pensé que me volvería a encontrar con alguien de la otra banda. Me equivoqué, porque al terminar el ensay o salimos todos los miembros de mi banda para el almacén El Redoblante que queda en Unicentro, allí hice una compra, me despedí de los muchachos y cuando iba a salir me lo encontré bajando por toda la Avenida Bolivariana. Él iba caminando delante de mí, al llegar a la cuadra donde queda Hard Rock Taller se detuvo, sacó un cigarrillo y mientras lo encendía lo alcancé, le pasé por un lado y seguí mi camino, pero él me reconoció y me llamó:-¡Ey parce! ¿Para dónde vas?-A coger bus – le respondí.-¿Y a dónde lo cogés?- En todo el rompoi – le dije señalando hacia San Juan.-Yo también voy para allá, venga vamos. Yo nunca había podido tratar a nadie de esa manera tan confiada como lo hizo él conmigo ese día, y mientras caminábamos pensaba: ¿este man qué?, se me acercó, me ofreció un cigarro que gustoso acepté y seguimos caminando. A unas p ocas cuadras nos contamos dónde vivíamos y con quienes, unos cuantos gustos, y hablamos de música. Felipe vivía en Bello, en el barrio Cabañas con su mamá y su hermano, su padre estaba en la cárcel por negociar con droga. Además me dejó muy en claro su gusto por Nacional al mostrarme un tatuaje con la cara de Andrés Escobar en su brazo derecho. Cogimos el bus juntos – por que yo también vivía en Bello – y viajó conmigo hasta la estación Madera donde se bajó, pero antes me había pedido el número del celular. Pasaron unos días hasta volver a hablarnos. Él me llamó para que fuera con alguien a un concierto en la casa teatro de Bello, que él me invitaba por el favor que le había hecho la vez pasada en Stravaganza, que no me preocupara por nada. Fui acompañado y antes de entrar al sitio ya me había tomado varias cervezas y me ha bía drogado con marihuana por lo cual no me importaba si me lo encontraba o no. Ingresé al sitio y después de unos quince minutos me lo encontré en un estado peor que el mío. Me saludó eufóricamente, como si yo fuera su padre recién salido de prisión, le presentó a mi acompañante y

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Los avisos de la muerte. PDF Imprimir E-mail
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La certidumbre de morir, como les sucede a los personajes de estas historias, no garantiza que los seres humanos puedan luchar contra este destino que nos aguarda a todos.

 Gerardo Cantillo se entera una noche antes que iba a morir. Ese día en la mañana visitó  a sus amigos y por la tarde se sentó en la sala de su casa pensando en si sería cierta la visión que había tenido en la noche y si realmente su muerte estaba cerca. Le habló de ello a su hijo menor, Cristóbal. Extrañado por no ver venir a la muerte por ningún lado, dada su salud de roble, don Alberto salió a la puerta de su casa a mirar la calle y decidió dar un paseo por su bario. Cuando pasó la esquina, una camioneta agrícola manejada por un hombre en estado de alcohol lo atropella. Un golpe mortal en la cabeza. Su hijo Cristóbal fue el único que escuchó el ruido y se percató de la situación. El alcohólico se había fugado, pero fue a chocar varias cuadras después y fue arrestado. Don Alberto, que tenía 58 años, murió ahí mismo. Alberto tiene tres hijos: Arturo, el mayor; David, el mediano; y Cristóbal, el menor. Todos le profesaban respeto a su padre, aunque Cristóbal era el más rebelde; Arturo ya tenía varios años viviendo en Estados Unidos, donde había hecho vida y familia. Regresó de los ángeles justo a tiempo para el sepelio. David era un médico más o menos exitoso y lamentó no haber estado en el momento del accidente. Cristóbal les contó en el velorio lo que había dicho su padre sobre la visión.Recuerdo familiarArturo recordó que el abuelo Ramón, padre de don Alberto, también había tenido una visión de su propia muerte, o sea que era muy probable que a ellos también les sucediera: tener la visión de la propia muerte una noche antes. Luego de la sepultura, los hermanos no volvieron a hablar del tema. Ninguno de ellos creía en los sueños ni en cosas del espíritu.  Pensaban que sólo bastan algunos años de estudio para saber que las supersticiones son cosas de gente de pueblo, y que andar creyendo en el destino no tiene sentido. No obstante, varios años después, David tuvo la visión. Espantado ante la posibilidad de morir llamó de madrugada a la casa en donde ahora vivían Cristóbal y su madre. Cristóbal atendió la llamada y comprendió la gravedad de la noticia, de inmediato llamó a Arturo y lo puso en alerta, y en pocas horas, viajando desde Los Ángeles, estaba en Guatemala. David estaba aterrado y sin saber qué hacer. Con casi 45 años tenía mucho porvenir en el campo médico y le empezaba a ir bien, y ahora esto. Tanto esfuerzo para terminar muerto y peor aún, con aviso. Los hermanos decidieron que iban a enfrentar a la muerte y que estarían con David todo el día, que nadie entraría ni saldría de su casa. Despacharon a su mujer y a sus dos hijos, diciéndoles que hablarían de cosas de hermanos.David sólo iba a tomar agua e ir al baño, no haría nada más, no podían permitir que muriera. Cristóbal recordó una película en donde los protagonistas luchaban contra la muerte, pero en la que ésta de todos modos, ganaba al final.Todos moriremos algún día. Diariamente desafiamos a la muerte, celebramos nuestros cumpleaños sabiendo cuánto tiempo acumulamos en el mundo, pero no siempre caemos en la cuenta de que cada cumpleaños también es un año menos de vida. Cada
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